Como sabréis si seguís mi blog
principal, acabo de terminar de leer la primera parte de la Divina Comedia de
Dante, el Infierno, y me ha dejado muy impresionado. Pero no sólo la obra en
sí, sino la traducción. Es una traducción magnífica, que respeta los versos y
la rima, y que mantiene la forma original casi en su totalidad. Comparar una
página en italiano y otra en español era como mirar el reflejo del espejo. La
elección de palabras es completamente natural, casi evidente, pero al mismo
tiempo, quienes hemos intentado traducir poesía (aunque sólo fuera como
práctica durante la carrera) sabemos que es una pesadilla, de modo que leer
esta traducción para mí es… como si fuera cosa de brujas.
Pero resulta que el traductor es
Ángel Crespo. ¿Que quién fue Ángel Crespo? Ensayista, traductor y crítico de
arte. El renovador de la cultura española de la posguerra. Poeta. Sin duda ésa
es la clave: Ángel Crespo fue poeta.
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| Y encima era todo un señor |
Uno de los debates sin solución
del campo de la traducción (y hay muchos) es el problema de la traducción de
poesía. Si mantener el sentido de un texto al pasarlo de una lengua a otra ya
es complicado, imaginaos cuando ese sentido no está claro, cuando la
interpretación del texto es una necesidad. En realidad, siempre lo es, el
lector interpreta el texto a su manera siempre, pero en el caso de la poesía es
mucho más evidente.
Recuerdo la clase de Lengua y
Literatura, cuando nos dijeron que, en la poesía de Lorca, el verde era la
muerte, el barco era la muerte y el caballo era la muerte. ¿Por qué? ¿Quién lo
dice? Yo cuando pienso en el verde o en un barco no me viene a la mente la
imagen de la muerte. ¿Debo aceptar sin más que ese misterio ya ha sido
descifrado? ¿No puedo hacer mi propia lectura del texto, debo entender que lo que
a mí me sugiere un poema es incorrecto? ¿Por qué he de aprenderme de memoria la
explicación que hacen otras personas de un poema y exponerla como si fuera mía?
Esa clase de preguntas son las que suscita la poesía.
Si hablamos de la traducción de
poesía, una de las “soluciones” parecer ser esta: el traductor de poesía debe
ser también poeta. Pero yo no lo termino de ver claro (atención al
trabalenguas): sin duda, la traducción de un poeta por parte de un traductor
poeta será poética, pero no lo será de la misma forma. Nos transmitirá la
poesía del traductor, no la del autor. Por el mismo motivo por el que cada
lector interpreta la poesía de una forma, cada traductor poeta la interpretará
de una forma y la traducirá de una forma. La única ventaja que tiene el “traductor-poeta”
es darle a la obra ese carácter poético, ambiguo y sugerente, pero quien piense
que equivale a la obra original, se engaña en la mayor parte de los casos. Ésta
ha sido siempre mi posición respecto a esta cuestión. Hasta ahora. Tenía que
venir Ángel Crespo a romperme los esquemas y cerrarme la boca.
Como iba diciendo antes de que me
interrumpiera a mí mismo con estériles debates sobre traductología, Ángel
Crespo nació en Ciudad Real en 1926 y falleció en 1995. Además de una nutrida
obra literaria propia, en la que destaca la poesía, y algunos ensayos, Crespo
tradujo del portugués y el italiano y,
en menor medida, del francés y el inglés. Tradujo a Pessoa, varias antologías
poéticas portuguesas y brasileñas, el Cantar de Roldán y, sobre todo, a Dante y
Petrarca. Como veis, prácticamente todo es poesía. Fundó varias revistas de
literatura y cultura y se considera una figura vital de la cultura española de
los años 50 y 60. Y os puedo decir que todo eso se lo ganó a pulso, porque la
traducción de Infierno es una obra de arte, merecedora del Premio de los Lectores
y Libreros italianos, la Medalla de Oro della Nascita di Dante y la Medalla de
Plata de la Universidad de Venecia. Ganó el Premio Nacional de Traducción por
su versión del Cancionero de Petrarca.
Amante desde pequeño de la
mitología clásica, Crespo muestra un total dominio y conocimiento de las
múltiples referencias de Infierno, y en sus notas a pie de página queda patente
que el traductor sabe lo que está traduciendo. Ofrece diversas interpretaciones
de algunos pasajes, explica el porqué de sus decisiones dentro de la obra y, como he dicho al principio de esta entrada, y citando esta vez la contraportada del libro, "Su trasvase metrificado y rimado del Infierno dantesco depara al lector un verdadero Dante castellano, difícil cúspide de la exigencia y de la más sutil maestría expresiva".
Es verdaderamente un traductor
envidiable, todo lo que se puede aspirar a ser en esta profesión. No puedo
esperar a leer las dos partes siguientes de la Divina Comedia, su versión del
Cantar de Roldán y el Libro del Desasosiego de Pessoa.

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