BLOG SOBRE TRADUCCIÓN Y TODO LO QUE ABARCA, DESDE LA HUMILDE PERSPECTIVA DE UN ESTUDIANTE Y FUTURO TRADUCTOR NOVEL

lunes, 24 de diciembre de 2012

Traductores envidiables: Antonio Prometeo Moya


Por fin, vamos a hablar otra vez de un traductor envidiable. Si en el anterior episodio hablamos de Matilde Horne, la traductora de El señor de los anillos, hoy vamos a hablar de Antonio Prometeo Moya, escritor y traductor del inglés, francés e italiano al que he llegado a través de mi última lectura, una recopilación de colaboraciones de H.P. Lovecraft  con otros autores. Si he elegido a este traductor, no ha sido por la descollante calidad de su traducción, que presenta algunos errores típicos, como traducir would como condicional, y no como hábito pasado (casi equivalente a used to), sino por su increíble introducción del libro.

Vais a flipar, palabra

Todos los traductores noveles nos sabemos la teoría: el traductor es invisible, su trabajo es plasmar en una lengua lo que se escribió en otra distinta. También hemos ido aprendiendo otras cosas: cualquier lector interpreta el texto en mayor o menor grado, y el traductor también hace lo mismo, de modo que habrá tantas traducciones como traductores. Pero lo que nunca había visto era algo como esta extensa y cáustica introducción de un autor que hoy día es tan venerado como Lovecraft (genio del terror, autor de culto…), criticando ferozmente tanto al autor como a sus admiradores. Prometeo Moya, autor posfranquista (empezó a publicar en el 76, y tradujo este libro concreto en el 78) ha escrito multitud de libros, algunos de ellos de temática franquista  (Retrato del fascista adolescente, Últimas conversaciones con Pilar Primo), y no cree en la espectacularización de la cultura ni en el estrellato. Vamos con la introducción del libro; resaltaré las partes más notables:

“Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en el 194 (hoy 454) de Angell Street, en Providence, capital del estado de Rhode Island, Nueva Inglaterra. Era hijo de Windiel Scott Lovecraft, negociante, putero y sifilítico, y de Sarah Susan Phillips, mujer prognata, como los reyes de la casa de Habsburgo, pero a diferencia de éstos proclive al sufragismo. En una fotografía de 1891, el niño H. P. L., vestido y peinado como una niña, aparece entre una madre de pelo recogido y mirada de institutriz histérica y un padre de ojos claros y mueca burlona que dos años más tarde sería recluido en un frenocomio. El 13 de marzo de 1919, Susan Phillips, que tocaba el piano, odiaba a su hijo y sabía francés, siguió los pasos de su marido. Tras una estancia de dos años en Boston, en 1893, H. P. L. y su madre se instalan en la casa de los Phillips de Providence, donde había nacido el futuro autor de relatos fantásticos. Allí conoció una biblioteca apenas de 2.000 volúmenes, fue poco al colegio, estudió idiomas por su cuenta, se autoeducó con la desigual fortuna que todos conocemos y se hizo adulto con el desigual resultado que tampoco ignoramos. […] Se ganó mal la vida, se casó, se divorció e hizo numerosas amistades en el mundo del escandaloso y trivial periodismo estadounidense; aparte estas precariedades, sufrió diversas dolencias: depresiones nerviosas, baile de San Vito, poiquilotermia, gastritis, hipocondría, racismo, presunción literaria y “carcinoma intestinal y nefritis crónica” que lo llevaron a la tumba el 15 de marzo de 1937. […] Hasta aquí el dramatismo.

Pasamos ahora a la insensatez. […] A lo largo de tan escaso número de páginas, Bergier se esfuerza por hacernos creer que H. P. L. posee algo que durante decenios ha escapado al alcance del lector normal (una forma de insulto tan desconsiderada como otra cualquiera); sin embargo, afortunadamente, las grandes catástrofes de nuestro siglo, los avances técnicos, las maravillas de la aspirina, la leche en polvo y los viajes espaciales “quizá hayan hecho falta para comprender a Lovecraft”; tras frases tan contundentes, pasa a revelar el secreto del sumo sacerdote: la creación de “un mito que expresa la grandeza y el espanto del Cosmos”, lo que no es moco de pavo, si lo miramos bien. Sólo que Lucrecio ya lo había dicho dos mil años antes y, por cierto, sin ocultar el secreto entre cuentos que no descuellan precisamente por su calidad literaria.

Todos hemos tenido alguna que otra vez nuestra afición por las novelas policiacas (que las hay excelentes), los cuentos de miedo (que los hay inmejorables) y los tebeos (que son detestables); pero […] no hace falta conspirar con ningún elemento misterioso contenido en las esquinas inaprehensibles del universo; ni establecer relaciones mágicas entre claves deslizadas por superdotados, cuyo entendimiento, si no está a la altura del hombre de la calle, no lo está tampoco al nivel de la mínima decencia intelectual.

[…] Para Rafael Llopis,  que merece todos mis respetos por sus conocimientos al respecto, los llamados “mitos de Cthulhu constituyen una racionalización de contenidos numinosos oníricos en un nivel lógico y científico de pensamientos”. Lamentamos disentir en los siguientes puntos: los diosecillos de Lovecraft varían de funciones de un relato para otro; poseen más calificativos que definiciones; en tercer lugar, hay un regodeo tan sospechoso en cuanto concierne a ellos que difícilmente podríamos creer que se trata de otra cosa que una broma; por último, el conjunto carece de finalidad y concierto, limitándose a ser masas amorfas exclusivamente temidas y destructoras. […] Por su parte, el señor Ludolfo Paramio, que no se ha ganado todavía ningún respeto, en un folleto absurdo titulado Mito e ideología, equipara las bufonadas de los dioses lovecraftianos a aquello que teme la burguesía como clase en el poder político. ¡Salve, Vladimir Ilich Lovecraft! Por último, en reciente antología, puede leerse el título de un prólogo que reza: “La escuela de Lovecraft o la dialéctica de la ambigüedad”. De un tiempo a esta parte, señores, la gente parece haber perdido la seriedad. […]

Para un hombre de conocimientos tan precarios como Lovecraft, ciudadano de un país sin tradición ni identidad, jugar a nigromante de feria es obedecer aquella misma tentación que atenaza al escritorzuelo que sin manejar siquiera mil vocablos afirma que el lenguaje es insuficiente.

Algo indudable hay en Lovecraft: su conocimiento de la psicología lectora, su habilidad para captar la atención del lector con recursos que desgraciadamente se repiten sin cesar y que de no haber contado con la consulta de compañía tan nefasta como los miembros del círculo de que estuvo rodeado tal vez hubieran perdido a la larga el adocenamiento en que caen. Cuando se lo propone, Lovecraft sabe contar una historia, sabe sugerir con vagas alusiones lo que el degustador de relatos de miedo pide: suspensión y sorpresa. Es una rara virtud, ciertamente, y aquel que busca filosofías donde no hay sino delectación en los lugares comunes del miedo no evidencia sino su propia miseria.”


Ojalá algún día llegara yo a tener el suficiente caché como para criticar al autor al que traduzco, y hacerlo de forma tan aguda y agresiva, sabiendo reconocer, no obstante, sus muchas virtudes. Si queréis una crítica del libro en cuestión, Horror en el museo y otras colaboraciones, permaneced atentos al blog principal.
Saludos.