BLOG SOBRE TRADUCCIÓN Y TODO LO QUE ABARCA, DESDE LA HUMILDE PERSPECTIVA DE UN ESTUDIANTE Y FUTURO TRADUCTOR NOVEL
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miércoles, 5 de noviembre de 2014

Traductores envidiables: Francisco Torres Oliver y Rafael Llopis

Francisco Torres Oliver

Hace un tiempo, en El Antro de Loscer prometí que haríamos un lugar de honor entre nuestros traductores envidiables a Francisco Torres Oliver, el traductor de El monje, un libro que me acababa de leer por aquel entonces. Y un vistazo a la biografía de este alicantino de 79 años me terminó de decidir: Francisco Torres Oliver es uno de los impulsores principales del género macabro y de misterio en España junto con Rafael Llopis, toda una institución de la traducción, y además fue uno de los primeros traductores de Howard Phillips Lovecraft. Hoy en día, los editores ya le ofrecen traducir libros que saben que le gustarán, especialmente góticos, fantásticos o de terror. Que la editorial le proponga un libro a su gusto… qué maravilla. De modo que Torres Oliver se trae consigo a otro traductor, Rafael Llopis, en la primera entrada doble de Traductores envidiables. Porque además de compartir gustos, y de haber traducido al mismo autor… ¡son parientes! Podríamos decir que Francisco Torres Oliver es el que más traduce de los dos, un traductor de vocación, y que Rafael Llopis, además de traducir, se encarga más de dirigir la publicación de las antologías, de la escritura de ensayos sobre literatura fantástica.



Francisco Torres Oliver Estudió Filosofía y Letras en Madrid, en la Complutense, y como traductor no literario se ha dedicado a la historia, filosofía y antropología. Pero aquí estamos para hablar de traducción literaria: Torres Oliver ha traducido a Dickens, Defoe, Lovecraft, Jane Austen, Lewis Carroll y Nabokov, entre otros. Recibió en 1991 el Premio Nacional de Traducción de Literatura Infantil y Juvenil, y diez años después se le reconoció toda su carrera con el Premio Nacional a la Obra de un Traductor. También la Asociación Española de Escritores de Terror le otorgó un galardón de reconocimiento en 2009. Torres Oliver considera que la traducción en España ha cambiado mucho pero sigue estando mal remunerada. Eso una gran verdad, especialmente en el ámbito literario, como sabe cualquiera que se haya dedicado, se dedique o siquiera tenga una idea mínima sobre la traducción en España. La traducción literaria es probablemente la más difícil. Mayor volumen de palabras, mayor dificultad, la necesidad de interpretar el texto, de reproducir el estilo del autor… es algo de locos que esté mal pagada. Es el elemento primordial de la publicación de un libro de un autor extranjero: da igual que la portada sea muy chula, que tenga una introducción exhaustiva sobre el autor y su obra… la pieza clave es el texto, y si el texto se ha traducido con plazos imposibles, mal pagados y haciendo sentir al traductor como una pieza más de la maquinaria editorial… Pero no pensemos en esto ahora; estamos hablando hoy de una época de descubrimiento de autores fantásticos (en más de un sentido) gracias a la labor de estos dos grandes traductores. Entre las obras traducidas de Torres Oliver, está la Narrativa completa de Lovecraft en dos volúmenes, la novela de Lovecraft El caso de Charles Dexter Ward, El relato de Arthur Gordon Pym de Poe, Los mitos de Cthulhu (publicado en 1969 y reeditado en 2005), La isla del tesoro, Alicia en el país de las Maravillas, Los viajes de Gulliver, El amante de lady Chatterley, Frankenstein, Drácula, De ratones y hombres, El monje, La colina de Watership

Rafael Llopis

Su colega traductor (y cuñado: Torres Oliver se casó con su hermana Ana) Rafael Llopis es el segundo impulso principal del misterio y el terror literarios en nuestro país, y también tradujo a Lovecraft: Estudió Medicina y trabajó como psiquiatra hasta su jubilación, y tradujo en Ginebra para la O.M.S., nada menos. Se dice que, interesado por la literatura fantástica, que leía en francés por la carencia de publicaciones en castellano, y viendo que algunos autores sólo estaban disponibles en inglés, un idioma que desconocía, lo aprendió a las bravas: leyendo con la ayuda de un diccionario. Se convirtió a base de ensayos y colaboraciones en revistas en una autoridad en escritores fantásticos. Dio a conocer a H.P. Loveccraft en España con la publicación, a su cargo, de Los mitos de Cthulhu, en 1969, que tradujo en parte (el traductor principal fue Francisco Torres Oliver). En esta obra aparece también todo el llamado “Círculo de Lovecraft”: Robert E. Howard (Conan el bárbaro), Clark Ashton Smith, Robert Bloch, August Derleth… Como autor, publicó El novísimo Algazife o Libro de las Postrimerías, un libro que mezcla mitos egipcios con Cthulhu, vampiros y extraterrestres. Ha sido editor de muchas antologías de cuentos de terror (para las que también ha escrito introducciones) y traductor parcial o total de varias obras, como Los que vigilan desde el tiempo (Lovecraft) o Un fragmento de vida (Arthur Machen).

La barba siempre suma puntos


Como véis, se trata de dos grandes figuras de la traducción y la literatura de terror, fantástica, macabra, de misterio y gótica, y todas las denominaciones que se os ocurran. Son sin duda dos traductores envidiables, quizá los más envidiables que he tenido el honor de presentar. Os dejo con una entrevista en vídeo a Torres Oliver sobre Lovecraft, y aquí tenéis otra entrevista (esta vez, escrita) más general de Fabulantes. Saludos.




sábado, 7 de diciembre de 2013

Traductores envidiables: Ángel Crespo


Como sabréis si seguís mi blog principal, acabo de terminar de leer la primera parte de la Divina Comedia de Dante, el Infierno, y me ha dejado muy impresionado. Pero no sólo la obra en sí, sino la traducción. Es una traducción magnífica, que respeta los versos y la rima, y que mantiene la forma original casi en su totalidad. Comparar una página en italiano y otra en español era como mirar el reflejo del espejo. La elección de palabras es completamente natural, casi evidente, pero al mismo tiempo, quienes hemos intentado traducir poesía (aunque sólo fuera como práctica durante la carrera) sabemos que es una pesadilla, de modo que leer esta traducción para mí es… como si fuera cosa de brujas.

Pero resulta que el traductor es Ángel Crespo. ¿Que quién fue Ángel Crespo? Ensayista, traductor y crítico de arte. El renovador de la cultura española de la posguerra. Poeta. Sin duda ésa es la clave: Ángel Crespo fue poeta.

Y encima era todo un señor

Uno de los debates sin solución del campo de la traducción (y hay muchos) es el problema de la traducción de poesía. Si mantener el sentido de un texto al pasarlo de una lengua a otra ya es complicado, imaginaos cuando ese sentido no está claro, cuando la interpretación del texto es una necesidad. En realidad, siempre lo es, el lector interpreta el texto a su manera siempre, pero en el caso de la poesía es mucho más evidente.

Recuerdo la clase de Lengua y Literatura, cuando nos dijeron que, en la poesía de Lorca, el verde era la muerte, el barco era la muerte y el caballo era la muerte. ¿Por qué? ¿Quién lo dice? Yo cuando pienso en el verde o en un barco no me viene a la mente la imagen de la muerte. ¿Debo aceptar sin más que ese misterio ya ha sido descifrado? ¿No puedo hacer mi propia lectura del texto, debo entender que lo que a mí me sugiere un poema es incorrecto? ¿Por qué he de aprenderme de memoria la explicación que hacen otras personas de un poema y exponerla como si fuera mía? Esa clase de preguntas son las que suscita la poesía.

Si hablamos de la traducción de poesía, una de las “soluciones” parecer ser esta: el traductor de poesía debe ser también poeta. Pero yo no lo termino de ver claro (atención al trabalenguas): sin duda, la traducción de un poeta por parte de un traductor poeta será poética, pero no lo será de la misma forma. Nos transmitirá la poesía del traductor, no la del autor. Por el mismo motivo por el que cada lector interpreta la poesía de una forma, cada traductor poeta la interpretará de una forma y la traducirá de una forma. La única ventaja que tiene el “traductor-poeta” es darle a la obra ese carácter poético, ambiguo y sugerente, pero quien piense que equivale a la obra original, se engaña en la mayor parte de los casos. Ésta ha sido siempre mi posición respecto a esta cuestión. Hasta ahora. Tenía que venir Ángel Crespo a romperme los esquemas y cerrarme la boca.

Como iba diciendo antes de que me interrumpiera a mí mismo con estériles debates sobre traductología, Ángel Crespo nació en Ciudad Real en 1926 y falleció en 1995. Además de una nutrida obra literaria propia, en la que destaca la poesía, y algunos ensayos, Crespo tradujo del  portugués y el italiano y, en menor medida, del francés y el inglés. Tradujo a Pessoa, varias antologías poéticas portuguesas y brasileñas, el Cantar de Roldán y, sobre todo, a Dante y Petrarca. Como veis, prácticamente todo es poesía. Fundó varias revistas de literatura y cultura y se considera una figura vital de la cultura española de los años 50 y 60. Y os puedo decir que todo eso se lo ganó a pulso, porque la traducción de Infierno es una obra de arte, merecedora del Premio de los Lectores y Libreros italianos, la Medalla de Oro della Nascita di Dante y la Medalla de Plata de la Universidad de Venecia. Ganó el Premio Nacional de Traducción por su versión del Cancionero de Petrarca.

Amante desde pequeño de la mitología clásica, Crespo muestra un total dominio y conocimiento de las múltiples referencias de Infierno, y en sus notas a pie de página queda patente que el traductor sabe lo que está traduciendo. Ofrece diversas interpretaciones de algunos pasajes, explica el porqué de sus decisiones dentro de la obra y, como he dicho al principio de esta entrada, y citando esta vez la contraportada del libro, "Su trasvase metrificado y rimado del Infierno dantesco depara al lector un verdadero Dante castellano, difícil cúspide de la exigencia y de la más sutil maestría expresiva".


Es verdaderamente un traductor envidiable, todo lo que se puede aspirar a ser en esta profesión. No puedo esperar a leer las dos partes siguientes de la Divina Comedia, su versión del Cantar de Roldán y el Libro del Desasosiego de Pessoa.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Traductores envidiables: Antonio Prometeo Moya


Por fin, vamos a hablar otra vez de un traductor envidiable. Si en el anterior episodio hablamos de Matilde Horne, la traductora de El señor de los anillos, hoy vamos a hablar de Antonio Prometeo Moya, escritor y traductor del inglés, francés e italiano al que he llegado a través de mi última lectura, una recopilación de colaboraciones de H.P. Lovecraft  con otros autores. Si he elegido a este traductor, no ha sido por la descollante calidad de su traducción, que presenta algunos errores típicos, como traducir would como condicional, y no como hábito pasado (casi equivalente a used to), sino por su increíble introducción del libro.

Vais a flipar, palabra

Todos los traductores noveles nos sabemos la teoría: el traductor es invisible, su trabajo es plasmar en una lengua lo que se escribió en otra distinta. También hemos ido aprendiendo otras cosas: cualquier lector interpreta el texto en mayor o menor grado, y el traductor también hace lo mismo, de modo que habrá tantas traducciones como traductores. Pero lo que nunca había visto era algo como esta extensa y cáustica introducción de un autor que hoy día es tan venerado como Lovecraft (genio del terror, autor de culto…), criticando ferozmente tanto al autor como a sus admiradores. Prometeo Moya, autor posfranquista (empezó a publicar en el 76, y tradujo este libro concreto en el 78) ha escrito multitud de libros, algunos de ellos de temática franquista  (Retrato del fascista adolescente, Últimas conversaciones con Pilar Primo), y no cree en la espectacularización de la cultura ni en el estrellato. Vamos con la introducción del libro; resaltaré las partes más notables:

“Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en el 194 (hoy 454) de Angell Street, en Providence, capital del estado de Rhode Island, Nueva Inglaterra. Era hijo de Windiel Scott Lovecraft, negociante, putero y sifilítico, y de Sarah Susan Phillips, mujer prognata, como los reyes de la casa de Habsburgo, pero a diferencia de éstos proclive al sufragismo. En una fotografía de 1891, el niño H. P. L., vestido y peinado como una niña, aparece entre una madre de pelo recogido y mirada de institutriz histérica y un padre de ojos claros y mueca burlona que dos años más tarde sería recluido en un frenocomio. El 13 de marzo de 1919, Susan Phillips, que tocaba el piano, odiaba a su hijo y sabía francés, siguió los pasos de su marido. Tras una estancia de dos años en Boston, en 1893, H. P. L. y su madre se instalan en la casa de los Phillips de Providence, donde había nacido el futuro autor de relatos fantásticos. Allí conoció una biblioteca apenas de 2.000 volúmenes, fue poco al colegio, estudió idiomas por su cuenta, se autoeducó con la desigual fortuna que todos conocemos y se hizo adulto con el desigual resultado que tampoco ignoramos. […] Se ganó mal la vida, se casó, se divorció e hizo numerosas amistades en el mundo del escandaloso y trivial periodismo estadounidense; aparte estas precariedades, sufrió diversas dolencias: depresiones nerviosas, baile de San Vito, poiquilotermia, gastritis, hipocondría, racismo, presunción literaria y “carcinoma intestinal y nefritis crónica” que lo llevaron a la tumba el 15 de marzo de 1937. […] Hasta aquí el dramatismo.

Pasamos ahora a la insensatez. […] A lo largo de tan escaso número de páginas, Bergier se esfuerza por hacernos creer que H. P. L. posee algo que durante decenios ha escapado al alcance del lector normal (una forma de insulto tan desconsiderada como otra cualquiera); sin embargo, afortunadamente, las grandes catástrofes de nuestro siglo, los avances técnicos, las maravillas de la aspirina, la leche en polvo y los viajes espaciales “quizá hayan hecho falta para comprender a Lovecraft”; tras frases tan contundentes, pasa a revelar el secreto del sumo sacerdote: la creación de “un mito que expresa la grandeza y el espanto del Cosmos”, lo que no es moco de pavo, si lo miramos bien. Sólo que Lucrecio ya lo había dicho dos mil años antes y, por cierto, sin ocultar el secreto entre cuentos que no descuellan precisamente por su calidad literaria.

Todos hemos tenido alguna que otra vez nuestra afición por las novelas policiacas (que las hay excelentes), los cuentos de miedo (que los hay inmejorables) y los tebeos (que son detestables); pero […] no hace falta conspirar con ningún elemento misterioso contenido en las esquinas inaprehensibles del universo; ni establecer relaciones mágicas entre claves deslizadas por superdotados, cuyo entendimiento, si no está a la altura del hombre de la calle, no lo está tampoco al nivel de la mínima decencia intelectual.

[…] Para Rafael Llopis,  que merece todos mis respetos por sus conocimientos al respecto, los llamados “mitos de Cthulhu constituyen una racionalización de contenidos numinosos oníricos en un nivel lógico y científico de pensamientos”. Lamentamos disentir en los siguientes puntos: los diosecillos de Lovecraft varían de funciones de un relato para otro; poseen más calificativos que definiciones; en tercer lugar, hay un regodeo tan sospechoso en cuanto concierne a ellos que difícilmente podríamos creer que se trata de otra cosa que una broma; por último, el conjunto carece de finalidad y concierto, limitándose a ser masas amorfas exclusivamente temidas y destructoras. […] Por su parte, el señor Ludolfo Paramio, que no se ha ganado todavía ningún respeto, en un folleto absurdo titulado Mito e ideología, equipara las bufonadas de los dioses lovecraftianos a aquello que teme la burguesía como clase en el poder político. ¡Salve, Vladimir Ilich Lovecraft! Por último, en reciente antología, puede leerse el título de un prólogo que reza: “La escuela de Lovecraft o la dialéctica de la ambigüedad”. De un tiempo a esta parte, señores, la gente parece haber perdido la seriedad. […]

Para un hombre de conocimientos tan precarios como Lovecraft, ciudadano de un país sin tradición ni identidad, jugar a nigromante de feria es obedecer aquella misma tentación que atenaza al escritorzuelo que sin manejar siquiera mil vocablos afirma que el lenguaje es insuficiente.

Algo indudable hay en Lovecraft: su conocimiento de la psicología lectora, su habilidad para captar la atención del lector con recursos que desgraciadamente se repiten sin cesar y que de no haber contado con la consulta de compañía tan nefasta como los miembros del círculo de que estuvo rodeado tal vez hubieran perdido a la larga el adocenamiento en que caen. Cuando se lo propone, Lovecraft sabe contar una historia, sabe sugerir con vagas alusiones lo que el degustador de relatos de miedo pide: suspensión y sorpresa. Es una rara virtud, ciertamente, y aquel que busca filosofías donde no hay sino delectación en los lugares comunes del miedo no evidencia sino su propia miseria.”


Ojalá algún día llegara yo a tener el suficiente caché como para criticar al autor al que traduzco, y hacerlo de forma tan aguda y agresiva, sabiendo reconocer, no obstante, sus muchas virtudes. Si queréis una crítica del libro en cuestión, Horror en el museo y otras colaboraciones, permaneced atentos al blog principal.
Saludos.

lunes, 23 de abril de 2012

Traductores envidiables: Matilde Horne

Inauguramos esta nueva sección del blog inspirada por la entrada "Héroes sin portada" del blog Translatio, del cual es reina y señora nuestra amiga y compañera traductora SRodera. Si el tema de nuestro blog no fuera la traducción, sino la literatura, el cine o la música, hablaríamos de personajes famosos. Por desgracia, en la traducción, en contadísimas ocasiones se puede hablar de traductores "famosos" para alguien que no sea a su vez traductor. Por eso, hablaremos de "traductores envidiables": gente que, por la importancia de las obras que tradujo o la "prolificidad" de su actividad profesional, nos inspira y nos da un poco de sana envidia. Y vamos a inaugurar esta sección con nada menos que Matilde Horne.



Matilde Zagalsky (Horne era el apellido de su marido, que utilizaba como pseudónimo) nació en Buenos Aires en el aciago año de 1914, y falleció hace unos cuatro años, el 10 de junio de 2008. Tradujo literatura incansablemente hasta que la vista se lo impidió, y su obra comprende más de 70 títulos. Sin duda destaca por haber traducido, junto con el editor Francisco Porrúa, el segundo y el tercer volumen de El señor de los anillos (Las dos torres y El retorno del rey, respectivamente), pero también tradujo a Ray Bradbury, James Baldwin o Ursula K. Leguin. Cuando ya no pudo seguir traduciendo por problemas de visión, tuvo que retirarse y pasó sus últimos años en una residencia de ancianos de Ibiza. ¿Por qué, os preguntaréis? ¿Por qué, cuando hace unos pocos años las películas de El señor de los anillos provocaron unas ventas brutales de los libros de Tolkien? Esta buena mujer habrá percibido su parte del pastel, diréis. Pues yo os lo cuento. En 2001, el editor Porrúa, amigo de Matilde Horne, vendió su editorial, Ediciones Minotauro, a Planeta, y le dio a Matilde un finiquito de 6.000 euros, por 50 años de traducciones. Planeta quería las obras libres de derechos de autor. La traductora siguió peleando y consiguió 1.000 miserables euros al año por las ventas y beneficios de los libros (estamos hablando de millones y millones de ejemplares y beneficios). Un ejemplo de injusticia y de invisibilidad del traductor del que todos deberíamos tomar buena nota: una mujer que ayudó a difundir una obra semejante, cuyo trabajo se sigue utilizando constantemente y se adoptó en el doblaje de las películas, ninguneada y recluida en una residencia para dejarse morir, mientras otras personas se llenan los bolsillos y los ojos les hacen chiribitas En sus últimos años, Matilde no quería acordarse más ni de Planeta, ni de Tolkien, ni de El señor de los anillos. Pero tranquilos, que ya nos acordamos todos los traductores por ella (y también de ella).