Por fin, vamos a hablar otra vez
de un traductor envidiable. Si en el anterior episodio hablamos de Matilde
Horne, la traductora de El señor de los anillos, hoy vamos a hablar de Antonio
Prometeo Moya, escritor y traductor del inglés, francés e italiano al que he
llegado a través de mi última lectura, una recopilación de colaboraciones de
H.P. Lovecraft con otros autores. Si he
elegido a este traductor, no ha sido por la descollante calidad de su
traducción, que presenta algunos errores típicos, como traducir would como condicional, y no como hábito
pasado (casi equivalente a used to),
sino por su increíble introducción del libro.
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| Vais a flipar, palabra |
Todos los traductores noveles nos
sabemos la teoría: el traductor es invisible, su trabajo es plasmar en una
lengua lo que se escribió en otra distinta. También hemos ido aprendiendo otras
cosas: cualquier lector interpreta el texto en mayor o menor grado, y el
traductor también hace lo mismo, de modo que habrá tantas traducciones como
traductores. Pero lo que nunca había visto era algo como esta extensa y
cáustica introducción de un autor que hoy día es tan venerado como Lovecraft
(genio del terror, autor de culto…), criticando ferozmente tanto al autor como
a sus admiradores. Prometeo Moya, autor posfranquista (empezó a publicar en el
76, y tradujo este libro concreto en el 78) ha escrito multitud de libros,
algunos de ellos de temática franquista
(Retrato del fascista adolescente,
Últimas conversaciones con Pilar Primo), y no cree en la
espectacularización de la cultura ni en el estrellato. Vamos con la
introducción del libro; resaltaré las partes más notables:
“Howard Phillips Lovecraft nació
el 20 de agosto de 1890 en el 194 (hoy 454) de Angell Street, en Providence,
capital del estado de Rhode Island, Nueva Inglaterra. Era hijo de Windiel Scott
Lovecraft, negociante, putero y sifilítico, y de Sarah Susan Phillips, mujer
prognata, como los reyes de la casa de Habsburgo, pero a diferencia de éstos
proclive al sufragismo. En una fotografía de 1891, el niño H. P. L., vestido y
peinado como una niña, aparece entre una madre de pelo recogido y mirada de
institutriz histérica y un padre de ojos claros y mueca burlona que dos años
más tarde sería recluido en un frenocomio. El 13 de marzo de 1919, Susan
Phillips, que tocaba el piano, odiaba a su hijo y sabía francés, siguió los
pasos de su marido. Tras una estancia de dos años en Boston, en 1893, H. P. L.
y su madre se instalan en la casa de los Phillips de Providence, donde había
nacido el futuro autor de relatos fantásticos. Allí conoció una biblioteca
apenas de 2.000 volúmenes, fue poco al colegio, estudió idiomas por su cuenta,
se autoeducó con la desigual fortuna que todos conocemos y se hizo adulto con
el desigual resultado que tampoco ignoramos. […] Se ganó mal la vida, se casó,
se divorció e hizo numerosas amistades en el mundo del escandaloso y trivial
periodismo estadounidense; aparte estas precariedades, sufrió diversas
dolencias: depresiones nerviosas, baile de San Vito, poiquilotermia, gastritis,
hipocondría, racismo, presunción literaria y “carcinoma intestinal y nefritis
crónica” que lo llevaron a la tumba el 15 de marzo de 1937. […] Hasta aquí el
dramatismo.
Pasamos ahora a la insensatez. […]
A lo largo de tan escaso número de páginas, Bergier se esfuerza por hacernos
creer que H. P. L. posee algo que durante decenios ha escapado al alcance del
lector normal (una forma de insulto tan desconsiderada como otra cualquiera);
sin embargo, afortunadamente, las grandes catástrofes de nuestro siglo, los
avances técnicos, las maravillas de la aspirina, la leche en polvo y los viajes
espaciales “quizá hayan hecho falta para comprender a Lovecraft”; tras frases
tan contundentes, pasa a revelar el secreto del sumo sacerdote: la creación de “un
mito que expresa la grandeza y el espanto del Cosmos”, lo que no es moco de
pavo, si lo miramos bien. Sólo que Lucrecio ya lo había dicho dos mil años
antes y, por cierto, sin ocultar el secreto entre cuentos que no descuellan
precisamente por su calidad literaria.
Todos hemos tenido alguna que
otra vez nuestra afición por las novelas policiacas (que las hay excelentes),
los cuentos de miedo (que los hay inmejorables) y los tebeos (que son detestables);
pero […] no hace falta conspirar con ningún elemento misterioso contenido en
las esquinas inaprehensibles del universo; ni establecer relaciones mágicas
entre claves deslizadas por superdotados, cuyo entendimiento, si no está a la
altura del hombre de la calle, no lo está tampoco al nivel de la mínima
decencia intelectual.
[…] Para Rafael Llopis, que merece todos mis respetos por sus
conocimientos al respecto, los llamados “mitos de Cthulhu constituyen una
racionalización de contenidos numinosos oníricos en un nivel lógico y
científico de pensamientos”. Lamentamos disentir en los siguientes puntos: los
diosecillos de Lovecraft varían de funciones de un relato para otro; poseen más
calificativos que definiciones; en tercer lugar, hay un regodeo tan sospechoso
en cuanto concierne a ellos que difícilmente podríamos creer que se trata de
otra cosa que una broma; por último, el conjunto carece de finalidad y
concierto, limitándose a ser masas amorfas exclusivamente temidas y
destructoras. […] Por su parte, el señor Ludolfo Paramio, que no se ha ganado
todavía ningún respeto, en un folleto absurdo titulado Mito e ideología,
equipara las bufonadas de los dioses lovecraftianos a aquello que teme la
burguesía como clase en el poder político. ¡Salve, Vladimir Ilich Lovecraft!
Por último, en reciente antología, puede leerse el título de un prólogo que
reza: “La escuela de Lovecraft o la dialéctica de la ambigüedad”. De un tiempo
a esta parte, señores, la gente parece haber perdido la seriedad. […]
Para un hombre de conocimientos
tan precarios como Lovecraft, ciudadano de un país sin tradición ni identidad,
jugar a nigromante de feria es obedecer aquella misma tentación que atenaza al
escritorzuelo que sin manejar siquiera mil vocablos afirma que el lenguaje es
insuficiente.
Algo indudable hay en Lovecraft:
su conocimiento de la psicología lectora, su habilidad para captar la atención
del lector con recursos que desgraciadamente se repiten sin cesar y que de no
haber contado con la consulta de compañía tan nefasta como los miembros del
círculo de que estuvo rodeado tal vez hubieran perdido a la larga el
adocenamiento en que caen. Cuando se lo propone, Lovecraft sabe contar una
historia, sabe sugerir con vagas alusiones lo que el degustador de relatos de
miedo pide: suspensión y sorpresa. Es una rara virtud, ciertamente, y aquel que
busca filosofías donde no hay sino delectación en los lugares comunes del miedo
no evidencia sino su propia miseria.”
Ojalá algún día llegara yo a
tener el suficiente caché como para criticar al autor al que traduzco, y
hacerlo de forma tan aguda y agresiva, sabiendo reconocer, no obstante, sus
muchas virtudes. Si queréis una crítica del libro en cuestión,
Horror en el
museo y otras colaboraciones, permaneced atentos al
blog principal.
Saludos.